Un mapa para llegar a Dios

Por Jaime Septién, director general de "El Observador"

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MÉXICO D.F., sábado, 23 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos la ponencia que pronunció el doctor Jaime Septién, director del semanario “El Observador”, en el primer Encuentro Nacional de México de Periódicos Católicos, sobre “La identidad de la prensa católica”, en la sede de la Conferencia Episcopal Mexicana el 22 de julio.

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Los mapas revolucionaron el pensamiento del hombre.  Representaron, junto con los relojes, la tecnología intelectual decisiva para “traducir un fenómeno natural a una concepción artificial e intelectual de dicho fenómeno” (Carr, 2011, p. 58).  El periódico, nacido en el siglo XVI, con las primeras gacetillas alemanas, representó una tecnología intelectual para “traducir” la realidad social en un conjunto armónico de noticias que, a la vez, la condensaban y explicaban al lector lo que era importante de tener en cuenta y lo que no.

La prensa resultó ser un mediador formidable, que fue configurando las mentes de las personas hasta convertirse en lo que Harold Innis llamó “un peligroso monopolio del conocimiento” (Briggs, Burke, 2002, p. 17).  Como todo monopolio, tuvo su auge (en el siglo XIX y mitad del XX) y luego, por la misma circunstancia, su caída estrepitosa (con la aparición de la televisión, a mediados del siglo pasado y con internet, en lo que va del siglo actual).

Y, también como todo monopolio de la comunicación pública, creó en los lectores una forma privilegiada de percepción que, a la larga, se ha convertido en un mapa para mirar al mundo.  Y tal mapa tuvo que encontrar derroteros diferentes, “nichos” donde aplicar su poderío.  Los ha encontrado en la especialización, en la promoción de un modo de entender el mundo acorde a las necesidades de grupos específicos (por ejemplo, los católicos), peleando, palmo a palmo, por el lugar de la palabra impresa en la era de las imágenes.

Los fundamentos de la prensa, lejos de haber perdido importancia, la han recuperado.  Partimos de un hecho necesario de ser reflexionado por todo aquel que se dedica al periodismo, en sus versiones en papel o digital: hoy más que nunca el modelo de investigación, reportaje, crónica, entrevista a fondo, artículo informado, editorial enjundioso y periodismo literario, por citar los géneros “clásicos” pueden impactar el mundo del lector acostumbrado a la venta de la banalidad y a los espacios minúsculos, cambiantes, escurridizos del dominio de la imagen

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El sacerdote jesuita Walter J. Ong realizó un estudio extraordinario sobre las edades de la cultura del hombre occidental en relación a los medios de comunicación dominantes (The Presence of the Word, New Haven, 1967).  Las dividió en tres: cultura oral, cultura impresa y cultura electrónica.  Cada etapa organiza una forma de conocer el mundo y de conocernos a nosotros mismos.  La oral a partir de la palabra hablada y el oído; la impresa, a través del texto y la vista, y la electrónica, a través del espectro audiovisual.

Otro católico: Marshall McLuhan, acuñó la célebre frase de que “el medio es el mensaje”.  Es decir, que el medio de comunicación usado de forma privilegiada en una era (el lenguaje, el libro, la imagen televisada…) para trasmitir el mapa del mundo a los otros, es, en sí mismo, el mensaje que se envía al espacio y al tiempo.

La tesis del padre Ong es, ligeramente, distinta a la del profesor McLuhan, pero en el horizonte se tocan (en el respeto mutuo hacia la Palabra de Dios y su relación con su criatura): “El medio tal vez no sea el mensaje, pero determina el mensaje para el espectador o el auditorio.  De este modo, necesitamos estudiar los medios de comunicación como factor determinante en la percepción” de la gente (Lowe, 1986, p. 13).  Son ellos, a la vez, el mensaje y el modo de interpretar el mensaje.  Y, además, con las modernas investigaciones sobre la neuroplasticidad (la capacidad plástica del cerebro humano para moldear su estructura de acuerdo a lo que la persona hace o deja de hacer), son los que moldean nuestro cerebro.  Somos lo que pensamos, sí, pero también lo que leemos, escuchamos, navegamos, los que oramos, lo que percibimos en la Palabra como signo de la Presencia de Dios.

Más aún, somos lo que nos oponemos a ser frente a la tiranía de la publicidad del “todo cambia” con que nos bombardean los medios de la imagen en los que “El tiempo pasa volando, y el truco, escribe Zygmunt Bauman, consiste en mantenerse a flote con las olas.  Si uno no quiere hundirse, debe seguir haciendo surf, y eso implica cambiar de vestuario, de muebles, de papel pintado, de aspecto y de hábitos –cambiar uno mismo, en definitiva—tan a menudo como le sea posible” (Tiempos líquidos.  Vivir en una época de incertidumbre. 2008, p. 146)

En este contexto, ¿cómo no ver un “área de oportunidad” para la prensa católica?  ¿Cómo no percibir la necesidad de moldear nuestra razón hacia la trascendencia, dejar de hacer surfing, zapping, mobing con la realidad y anclarse en lo que conserva, lo que se hunde en las raíces del tiempo, lo que se anuncia desde la identidad del ser humano como origen y destino; es decir, Dios?

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La identidad de la prensa católica se inserta dentro de este movimiento de la cultura.  Es decir, como nuestro cerebro y su sinapsis, no se trata de una identidad estática, determinada, monolítica.  Cambia y se adapta a los modos privilegiados de la percepción creados por los medios de comunicación.  No obstante el cambio, la prensa católica tiene raíz.  Raíz profunda e inalterable: la sabiduría cristiana.

El 26 de enero de 1923, en el transcurso de su Carta Encíclica Rerum Omnium, el Santo Padre Pío XI declaraba a san Francisco de Sales como el Santo Patrono de los periodistas y, en general, de la prensa católica.  Se conmemoraba, entonces, el tercer centenario de su muerte.  Pío XI, guiado por el Espíritu Santo, daba en el clavo de la identidad de la prensa católica al pedir a los operadores de estos medios que imitaran a Francisco de Sales observando siempre “la fuerza polémica junto con la caridad y la moderación” (Cebolleda, 2005, p. 54).

Fuerza polémica es el ingrediente número uno de la identidad católica en la prensa.  La palabra polémica viene del griego polemikós, guerra, e instituye, en su sentido primitivo, una zona de fortificación (Corominas, 2008, p. 440).  ¿Significa esto que el Papa Pío XI llamaba a la guerra a la prensa católica como forma concreta de cristalizar su identidad?  Sí, en efecto.  La fortificación de la fe y su expresión viril ante los ataques a Cristo son las insignias de esta tarea. 

Stevenson decía que “no sólo de pan vive el hombre sino también de estribillos”.  Voy a intentar remontar el perverso estribillo de que los católicos somos atacados por causa de nuestra fe, para mostrar que somos atacados por la inquietante incompetencia que mostramos para hacerla crecer en la polémica, en la controversia, el descrédito, incluso en la descalificación política a la que son tan proclives nuestra clase política mexicana. 

En un párrafo memorable, monseñor Fulton J. Sheen, una auténtica figura de la televisión estadounidense de los cincuenta y los sesenta del siglo XX, apunta: “La Iglesia gusta de la controversia; la desea por dos razones: porque el conflicto intelectual es constructivo y porque ella está terriblemente enamorada” de la razón (en la traducción mexicana dice “del racionalismo”).  Y añade: “La gran estructura de la Iglesia Católica ha sido construida por medio de la controversia” (Errores y verdad, 1983, p. 11).

Polémica, controversia: dos nombres de una misma guerra: la guerra contra la estulticia.  Y para ganar esa guerra –que es una guerra eminentemente cultural—la prensa católica, sus operadores y sus directivos, seamos laicos o sean sacerdotes, tenemos –siguiendo a monseñor Sheen—que hacer dos cosas: pensar duro y pensar limpio.  “Luego (la Iglesia) les pide que hagan dos cosas con sus pensamientos.  Primero les pide que exterioricen esos pensamientos en el mundo concreto de la economía, el gobierno, el comercio y la educación, y que por la exteriorización de la belleza, limpien los pensamientos para producir una civilización bella y limpia” y, más tarde, la Iglesia pide “interiorizar esos pensamientos y así producir espiritualidad” (Ibid., pp 12-13)

Exteriorizar el pensamiento católico para producir cultura e interiorizarlo para producir espiritualidad es, justamente “pensar duro y pensar limpio”.  Comunicar la esencia del catolicismo: ser dignos de comunicar la Verdad.

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Pero, ojo, aquí estamos frente al más grave obstáculo de la prensa católica en particular (y de la comunicación pública en general): la deficiencia en el lenguaje para “exteriorizar la belleza”, en nuestro caso, la belleza de la Palabra y del Verbo Encarnado; la asombrosa novedad de la Revelación, el Escándalo de la Cruz, el trallazo de esperanza de la Salvación… 

De nueva cuenta, el Papa Pío XI: para imitar a San Francisco de Sales, es decir, para que los periódicos diocesanos, laicos, la prensa de inspiración o de denominación católica pueda ser digna de comunicar la Verdad (nos había dicho ya) debemos ser caritativos y moderados.  Además, estudiar con diligencia; conocer lo mejor posible la doctrina católica; no corromper la verdad ni debilitarla o disimularla “so pretexto de no ofender al adversario” y que cuidemos “de la belleza y elegancia del lenguaje” para que distingamos y adornemos los conceptos “con palabras tan luminosas que los lectores encuentren deleite en la verdad” (Cebolleda, ibididem).

¡Ah qué grande destino aguardaría a la prensa católica si fuésemos capaces de descubrir nuestra identidad, misma que proclama el Prólogo del Evangelio según San Juan; que “En el principio existía la Palabra / y la Palabra era Dios” (Biblia de Jerusalén).  Dios es el principio de todo y por tanto lo es del lenguaje.  Jesucristo usó el lenguaje con tal belleza y elegancia que no solamente nos mostró al Padre sino nos dio el camino para salvar el alma.  Como advirtió Oscar Wilde en De profundis, en los evangelios no hay una sola palabra que falte, no existe una frase que se escape de la economía de la caridad.  Una frase de Cristo es más grande que la obra del más grande poeta de todos los tiempos, desde Homero hasta Octavio Paz…

No podemos desligarnos de este origen.  La primera tarea a la que tiene que atender la prensa católica es a la distinción en el uso del lenguaje.  Y eso vale para la prensa impresa, electrónica, televisiva, radiofónica…  Pero, sobre todo, para la escrita.  Escribir bien es sinónimo de pensar bien.  Y pensamos bien cuando somos capaces de juntar sentido y significado, la Palabra y el hecho. Poner a Cristo en el quiosco no es cuestión de buena voluntad (ni de ponerle nombres bíblicos a los periódicos católicos): es cuestión de la más grave competencia profesional, lingüística, incluso –si se me permite—artística.

¿Cuántas veces nos preocupamos de que los lectores encuentren “deleite en la verdad”?  Valoramos más el mero hecho de salir cada semana, cada quincena, cada mes o cada día, que en rendir reverencia a la verdad por medio de la palabra.  Si se me permite el alocado símil, la seña de identidad de las primeras comunidades cristianas era el amor, de tal suerte que al pasar la gente exclamaba “miren cómo se aman”; así la prensa católica debería arrancar la opinión generalizada de “miren qué bien escriben”.

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Escribir bien no hace –por sí mismo— que la prensa católica se distinga.  Pero ayuda mucho.  Sobre todo porque la tarea de ésta, de acuerdo a su identidad, es hacer ver (a los propios católicos y a los hombres y mujeres de buena fe) que “la Iglesia es el hogar natural del espíritu humano”, según la conocida frase de Chesterton.

Por falsa modestia, por no decir abiertamente, por ignorancia, nos da vergüenza siquiera pensar que nosotros, los creyentes, tenemos algo que decirle al mundo (y que es esencial que el mundo lo escuche).  En esto, como en tantas cosas. Joseph Ratzinger nos quita los avergonzados o lo vergonzantes.  En un debate en el año 2000 con el filósofo ateo Paolo Flores d’Arcais, el cardenal Ratzinger le dijo que “la cuestión de Dios no es una cuestión privada, entre nosotros, de un club que tiene sus intereses y hace su juego.  Por el contrario, estamos convencidos de que el hombre necesita conocer a Dios; estamos convencidos de que con Jesús apareció la verdad, y la verdad no es la propiedad privada de alguien, sino que ha de ser compartida, ha de ser conocida” (Ratzinger, Flores d’Arcais, 2008, p. 29).

El hombre busca la verdad.  Y la verdad es el Dios de Jesucristo.  Por lo tanto, al difundir (ojalá que bellamente escrita) la verdad, la prensa católica invita a todos a volver a casa, a volver a la Iglesia, no como se vuelve a un oscuro hogar que nos aísla del mundo, sino como el punto de encuentro donde fe y razón se tocan, donde la totalidad del ser humano se escabulle del sistema de los objetos (del mercado) para situarse –cara a cara—frente a la eternidad.

Tal es la razón por la que Pío XI invitaba a los periodistas católicos a estudiar con diligencia, a no corromper la verdad descafeinándola, a profundizar con seriedad (como hacemos con las estadísticas del futbol o con los pronósticos políticos) en la doctrina de la Iglesia.  No podemos anunciar la belleza de la verdad (su esplendor) si conocemos a medias sus fundamentos.  Enamorarse de la verdad es enamorarse de Jesús.  La palabra hebrea del conocimiento también es la del amor.  Solamente amamos lo que conocemos.  Y solamente conocemos (a fondo) lo que amamos. 

La teoría de la recepción del público tiene su fundamento en la trabazón del medio y el mensaje tanto como en la capacidad del lector, del espectador, a moldear su mente frente al propio mensaje.  Creo que debemos de dejar ya los pretextos de que somos malísimos escribiendo pero buenísimas personas para, sin dejar de ser discípulos, nos ganemos nuestro derecho a penetrar en los hogares y en las conciencias de los lectores y efectuar, desde ahí, la obligación de la misión permanente a la que nos ha llamado Aparecida.

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El hermoso libro de Jean Leclercq, El amor a las letras y el deseo de Dios, demuestra cómo la cultura monástica de la Edad Media, sobre todo a partir de la Regla de San Benito, realizó la combinatoria de la que surge la identidad de la prensa católica y que puede ser resumida en la siguiente frase: “el buen estilo como homenaje a Dios” (Leclercq, 2009, p. 320).

Los monasterios no se conformaron con una vida parcelada, roturada por la fe.  Ahondaron en la Palabra y extrajeron de ella maravillosos tesoros que, más adelante, fueron el cimiento del arte occidental, desde la poesía hasta la pintura.  Partían del hecho de que si la Biblia es un libro escrito con arte, los escritores cristianos “no tenían por qué renunciar a este modo de expresión” (Leclercq, ibididem).  Al tiempo que recuperaron la cultura clásica (la griega y la latina, sobre todo la griega), los monasterios propiciaron una cultura nueva, nuestra cultura.  Nació empapada de la verdad.  Poco a poco la hemos ido secando.  Poco a poco, en un movimiento de resaca, por nuestro excesivo culto a la flojera, hemos ido desmoronando el edificio de la cultura católica de occidente para dejar que se llene de nada.

Gabriel Zaid denuncia este movimiento de abandono en su conocido ensayo “Muerte y resurrección de la cultura católica” (Imdosoc, 1992).  Los católicos (mexicanos) fuimos protagonistas del desarrollo cultural del país hasta principios del siglo pasado, digamos que hasta la anticatólica Constitución de 1917.  Luego, desaparecimos y dejamos que todo el siglo XX (también lo que va del XXI) la vanguardia creadora no fuera católica.  Nos metieron (o nos metimos) en un gueto.  Dejamos de ser modernos y nos convertimos en “una cultura marginal, en las metrópolis de la cultura dominante” (Zaid, p. 38). 

Salimos de la polémica.  Nos arremolinamos apiñados en nuestras zonas de confort.  Como se suele decir vulgarmente, nos arrebujamos en las sacristías.  Cierto que hubo una persecución violentísima (1926-1929), una guerra con 250 mil muertos (la cristiada); un intento por hacer desaparecer a la Iglesia (Calles, Portes Gil, Rodríguez, Ortiz Rubio), de volver marxista al Estado mexicano (Cárdenas se quedó en la educación) y, después, hasta hoy, una simulación constante, en la cual los gobernantes prohíben las escuelas católicas y mandan a sus hijos a estudiar en ellas…   Pero de ahí a jugar al escondite hay un enorme trecho: la cultura católica (de nuevo Zaid) pasó “de excomulgadora a excomulgada”.

Y eso también se puede ver en la prensa católica.  Tanto El Tiempo de Victoriano Agüeros, que funcionó de 1883 a 1912, como El País, dirigido por Trinidad Sánchez Santos y que circuló de 1899 a 1914, llegaron a ocupar un lugar primordial en la prensa nacional.  Según Manuel Ceballos (“Las lecturas católicas” en Historia de la lectura en México, Colmex, 1988, p. 187), El País llegó a tirar 250 mil ejemplares diarios.  Quizá más que ninguno otro periódico hasta la fecha.  Y el 12 de diciembre de 1909, al celebrarse en Ciudad de México el Congreso de Periodistas Católicos (quizá el antecedente de este Encuentro), Jorge Adame Goddard (El pensamiento político y social de los católicos mexicanos, 1867-1914, p. 196) enlista hasta 39 periódicos católicos que van La hoja dominical de Monterrey o La tribuna católica de Ciudad de México a El buen combate de Cotija, Michoacán y El reproductor, de Villanueva, Zacatecas.

Si la prensa católica no es polémica, si no participa en la conformación de la cultura, si se esconde detrás del ambón y suspira por tiempos idos, la prensa católica es poca cosa.  Por lo menos, no es lo que quiere Jesús de ella.  Ni los lectores católicos.

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Hace tiempo debí definir identidad.  Voy a hacerlo de la manera más problemática posible con el filósofo y “padre del existencialismo” Martin Heidegger quien, en su lenguaje intrincadísimo, dejó escrito que “la esencia de la identidad es una propiedad del acontecimiento de transpropiación” (Identidad y diferencia, 1988, p. 91).  En la fórmula A = A, A no es lo mismo que A sino los elementos de A se transpropian a A.  Dicho lo cual, la esencia de la identidad de la prensa católica es el acontecimiento mediante el cual la doctrina de la fe se transpropia a las páginas de un periódico, de manera tal que el periódico (A) remita a la Iglesia (A) y la Iglesia (A) remita al periódico (A).

No se trata de un acuerdo: es una simbiosis en la cual cada miembro conserva su posición de diferencia pero, también, de similitud gozosa.  Son distintos, pero no separados.  En la Iglesia se guarda el depósito de la fe.  En la prensa católica se difunde ese depósito.  Pero es la misma fe.  A la Iglesia le corresponde guardar las llaves.  A la prensa católica, mostrar el contenido del cofre del tesoro. ¿Quién está capacitado para mostrar este contenido?  El laico y el sacerdote pero sin confundirse de acción: a ninguno le corresponde –según Jacques Maritain (Humanismo integral, 2001, p. 367)-- “hablar en nombre del catolicismo o arrastrar a mi camino a los católicos como tales”.

A primera vista, la tesis de Maritain es incorrecta.  Pero sólo a primera vista.  Porque bien mirado tiene toda la razón: nadie puede hacerse responsable de enredar a la Iglesia (una realidad espiritual) en las acciones temporales o que se dan en el plano temporal.  El periódico católico (por el hecho de ser periódico) tiene que estar presente en el plano temporal.  No puede juzgar las cosas que suceden “en nombre del catolicismo”, como tampoco en nombre de la Iglesia y mucho menos en nombre de Jesús. 

“¿Hay, pues, que abandonarlo todo?  ¿Hay que renunciar aún a la idea de una prensa católica, o pensar que la única prensa católica aceptable sean las Semanas religiosas o los Boletines diocesanos, y aún sólo en su parte oficial?”, nos interpela Maritain.  Él mismo responde que no es así, que hay “adquirir conciencia del problema y resolverlo distinguiendo dos tipos esencialmente diversos del periodismo: unos específicamente católicos y religiosos, católicos –por consecuencia—de denominación; otros específicamente políticos o ‘culturales’, que es preciso, en verdad, desearlos católicos, pero católicos de inspiración no de denominación” (Maritain, ibid., pp. 367-368).

Los de denominación, explica Maritain, tienen que llevar dos partes: una de acción católica y otra de información.  Se trata de hallar un tipo de periódico católico “que pudiera, por una parte, darles formación doctrinal católica de la cual sienten necesidad, explicarles (a los fieles) y comentarles las encíclicas pontificias y los actos pontificios, hacerles conocer las grandes síntesis de la sabiduría cristiana, política y social; y, por otra parte, ofrecerles una información exacta y objetiva sobre todos los aspectos de los problemas temporales de la época, permitiéndoles escapar así a la atmósfera envenenada de mentiras de que son responsables las excitaciones de los partidos” (Maritaín, ibid., p. 369).

Los de inspiracióncatólica son los que eligen una posición política y social y una línea editorial muy concreta en función de los intereses de la Iglesia, sí, pero también de los bienes temporales.  Son los que dependen de la iniciativa de particulares o de grupos fundadores.  “Sin duda, mientras su inspiración es verdadera e íntegramente cristiana, dan testimonio del Evangelio y sirven de manera eficaz a la penetración del cristianismo en el mundo y en la vida.  Pero el fin propio y directo al que apuntan no es el apostolado, es una obra temporal que cumplir, una verdad temporal que servir, un bien terrenal que asegurar”. (Maritain, ibid., p. 370). 

Los de denominación son, pues, específicamente religiosos, yo quisiera decir, diocesanos.  Su identidad está marcada por ser una prensa especializada que dota al lector de doctrina y que la doctrina vigila la información.  Los de inspiración están en la batalla cotidiana, respondiendo a una necesidad vital de los lectores: poder ver al mundo con las gafas católicas.  Estos son los periódicos de los laicos al servicio de la Iglesia, en comunión con ella, pero actuando desde una esfera independiente.

Ambos periódicos –los diocesanos oficiales y los laicales no oficiales-- son necesarios en el espectro de la presencia de la Iglesia en el mundo de la prensa.  Pero –advierte Maritain—no deben confundirse.  La hibridación es perniciosa porque “las esencias piden ser respetadas”. Pero si no deben confundirse, sí deben fundirse.  Nada es más depredador para la Iglesia que la desunión.  La fábula de los cangrejos mexicanos (que, en un restaurante internacional de cangrejos tienen la cubeta destapada porque no hay necesidad de taparla: cada vez que uno va a salir los otros le jalan la tenaza y lo vuelven a la mediocridad), que tan bien “funciona” en otros ámbitos, en el de la Iglesia católica no tiene cabida.  Y sí la tiene, flaco favor le estamos haciendo a Nuestro Señor.

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Sea de inspiración o de denominación católica, la prensa católica tiene que estar bien escrita, elegantemente escrita, profundamente comprometida con el ser humano en su dolor y en su esperanza, y avanzar en el camino de un orden social, político y económico justo, un orden católico, como lo definió Etienne Gilson, en el que se privilegie a la persona sobre los intereses de los partidos y del poder. 

El orden actual “no solamente nos desmoraliza al descristianizarnos, sino que trabaja para embrutecernos” dice Gilson (Por un orden católico, 1936, p. 17).  La misión de la prensa católica es hacer girar la rueda de la sociedad en sentido inverso: recristianizar y desembrutecer.  No se recristianiza edulcorando el mensaje del Evangelio ni repitiéndolo mil veces.  No se desembrutece mediante un lenguaje primitivo, balbuceante, incoherente.  También en el periodismo católico funciona la frase que acuño don Jesús Reyes Heroles para la vida política: “forma es fondo”.

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La tarea es mayúscula.  Pero no imposible.  La unidad de los periódicos católicos, el reconocimiento de su identidad, de la pertinencia del Evangelio en la era de la información, la convicción de que “la verdad nos hará libres” y de que todo hombre busca el Absoluto de Dios, ha de ayudar a cumplirla.

Los enemigos son muchos.  A veces demasiados.  A veces habitando el jardín del al lado.  El que empuña el arado y mira atrás no sirve para Cristo.  A la valentía del deber hay que unirle la humildad de la caridad.  Hay que decir bien a Cristo, incrustarlo en los lenguajes modernos de la comunicación, hay que hacer una prensa respetable y respetada, acuciosa y vivaz, polémica, forzuda, batalladora, formidablemente informada, absolutamente enamorada de la cruz.  Hay que hacer una prensa que limpie la cultura y que, mediante la espiritualidad cristiana, renueve la civilización.

Tenemos el mayor consuelo: el Señor está con nosotros si nos unimos en oración y en la acción por el bien.  Tenemos futuro, un gran futuro.  En 1845, tras los embates de Voltaire, del iluminismo, del liberalismo, de la masonería y de un largo etcétera, Charles Forbes, conde de Montalembert, publicista y político francés concluyó una sesión del Parlamento diciendo: “La Iglesia católica tiene la victoria y la venganza aseguradas contra aquellos que la calumnian, la encadenan y la traicionan: su venganza es pedir por ellos y su victoria, sobrevivirlos”.

Lo que es válido para la Iglesia lo es también para la prensa católica.

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El 15 de octubre de 1890, el Papa León XIII expresó:

            Puesto que el principal instrumento empleado por nuestros enemigos es la prensa, que en gran parte recibe de ellos inspiración y apoyo, sería importante que los católicos opusieran a la prensa inicua una prensa que fuese buena para la defensa de la verdad, del amor a la religión y para el conocimiento de los derechos de la Iglesia…  Es deber de los fieles apoyar eficazmente a esa prensa, tanto rechazando como dejando de favorecer de cualquier modo a la prensa inicua, y también directamente cooperando, en la medida en que cada uno pueda, para que viva y se desarrolle.

Ciento veintiún años más tarde seguimos en la misma tesitura.  Y pidiendo lo mismo: apoyo.  Pero no podemos pedir apoyo si lo que damos son migajas a Dios.  A Dios hay que darle lo mejor.  Y a la Iglesia.  La identidad de la prensa católica es la vecindad con la verdad, con la civilización del amor, con el corazón del hombre. 

Ésta es la “prensa libre” de la que habló Hilaire Beloc, la que tendrá éxito “en su finalidad principal que es dar a conocer la verdad”.  La que se constituye, desde su identidad, como un mapa para llegar a Dios.  La que nos pide el México de hoy.  La que nos exige Jesucristo, nos implora la Virgen de Guadalupe y la que nos han de comprar los fieles cada domingo.

La otra, la que vive fuera del tiempo, creyendo que, porque se dice católica va a ser prensa aceptada, leída, apreciada y formadora de opinión pública, es una prensa trasnochada, que se avergüenza de Jesús y que a semejanza de la Iglesia “clientelar”, aspira a un mundo fantasmagórico y confuso de “puros” y “biempensantes” que nada tienen que ver con los católicos de a pie.  Los católicos que necesitan, sin saberlo, que les acerquemos la libertad en la verdad.