Una alianza contra el reclutamiento de niños en las guerras

Conclusión del Simposio organizado por el Vaticano en la sede de la ONU

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NUEVA YORK, 7 junio 2001 (ZENIT.org).- El horror de los niños y niñas soldados del mundo ha estremecido a los participantes en el Seminario «Niños en conflictos armados: una responsabilidad de todos», organizado por la Misión de la Santa Sede en las Naciones Unidas de Nueva York.



«Nos obligaban a caminar día y noche, a dormir en el frío, a combatir, a tomar drogas, a tener relaciones sexuales con los soldados más grandes y, si quedábamos encinta, a abortar». Este testimonio, narrado por María Pérez, que hoy tiene 16 años, con el que contó su vida de niña soldado en Colombia, fue más eficaz que muchas palabras y discursos.

Juan Pablo II ya había intervenido el domingo pasado sobre este argumento para lanzar «un llamamiento a la comunidad internacional para que aumente los esfuerzos para proteger y rehabilitar a los niños que viven en estas condiciones trágicas».

El martes pasado, con motivo del Simposio, envió un nuevo mensaje a Olara Otunnu, subsecretario general de las Naciones Unidas para los Niños en Conflictos armados, quien ha patrocinado la iniciativa del Vaticano, celebrada el pasado 5 de junio, para afirmar que «la memoria de los que han sido asesinados y las continuas tribulaciones de tantos otros nos obligan a no ahorrar esfuerzos y a hacer todo lo posible para ayudar a estas jóvenes víctimas a regresar a una vida sana y digna».

El desafío, según exigió el pontífice a los participantes en el congreso, consiste en «asegurar que tengan en todo lugar la posibilidad de crecer en paz y felicidad. De modo que ellos también se conviertan en constructores de un mundo hecho de fraternidad y solidaridad».

Al abrir el debate, el embajador francés ante la ONU, Jean-David Levitte, recordó que según UNICEF dos millones de niños han sido asesinados en las guerras que han tenido lugar entre 1986 y 1996, y seis millones han quedado heridos.

El arzobispo Renato Martino, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, organizador del encuentro, recordó el compromiso de tantos religiosos para ayudar a estas jóvenes víctimas. En concreto, citó Sierra Leona, país en el que la Iglesia ha comprado a centenares de niños-soldado y ha asumido después su formación e integración.

Olara Otunnu, representante especial del secretario Kofi Annan para los niños en conflictos armados, indicó seis puntos que deberían caracterizar la agenda de la sesión especial de la Asamblea general de la ONU de septiembre, dedicada precisamente a esta grave amenaza que se cierne sobre la infancia.

Ante todo, explicó, es necesario «involucrar a todos los líderes religiosos para que se conviertan en portadores de mensajes de paz y no de división».

A continuación, añadió, hace falta acabar con los mitos de la guerra, detener la destrucción de los recursos naturales indispensables para el desarrollo, favorecer la difusión de la educación y de la salud, presionar a los gobiernos a que ratifiquen el acuerdo que prohíbe el uso de personas con menos de 18 años en los conflictos, y crear una coalición de Estados, organizaciones no gubernamentales, y grupos de la sociedad civil para afrontar juntos los problemas de los niños.

Ahora bien, el momento más eficaz de la sesión fue sin duda cuando María Pérez, Jimmy Tamba de Sierra Leona y Mimoza Gojani de Kosovo, tomaron la palabra para revelar los horrores de la guerra sufridos en su propio pellejo.