Una aventura de misioneros españoles en Benín

La historia de los capuchinos y el rey Toxonou

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MADRID, jueves 17 noviembre 2011 (ZENIT.org).- Las aventuras de un grupo de misioneros españoles en Benín, en cuyo territorio se encontraba el antiguo reino de Allada o Arda, en el siglo XVII, evidencian la ardua tarea que asumieron estos evangelizadores. Una siembra de sacrificios y contradicciones, no siempre con fruto inmediato, que hoy muestra sus espléndidos frutos en el florecer de la fe en África, una primavera que celebra Benedicto XVI en estos momentos.

El reino de Arda, al nordeste del de Ouidah, era conocido en el continente por la llamada “costa de los esclavos”. A mitad del siglo XVII, el reino de Arda, en la cima de su gloria, quería darse a conocer a nivel internacional, instaurando relaciones amistosas con otros países.

En 1658, el rey de Arda hizo una petición formal a Madrid, España, para solicitar el envío de misioneros. El rey Toxonou envió una misión a la corte de Felipe IV. Este embajador negro de nombre Bans, acompañado de un intérprete, debía proponer al rey de España, de parte del soberano de Arda, establecer relaciones comerciales y enviar algunos misioneros para convertir al cristianismo a la población local.

Educado en la fe por los capuchinos, el embajador Bans y su secretario habían sido bautizados con los nombres de Felipe y Antonio, respectivamente.

El rey Felipe IV acogió favorablemente la petición del monarca de Arda y los capuchinos de Castilla, ya presentes en Sierra Leona, fueron encargados de la nueva misión.

El dicasterio misionero de Roma, informado el 4 de febrero de 1659, aprobó la lista de capuchinos elegidos por los superiores y les otorgó los poderes necesarios a su misión.

Mientras tanto, ayudados por Felipe y Antonio, los religiosos trataban de redactar un texto de catecismo bilingüe –en español y en la lengua local de Arda- para poderlo imprimir y llevar consigo, y facilitar su propio apostolado. El texto, titulado “La doctrina cristiana en nuestra lengua española y en el idioma arda”, es un documento original muy valioso desde el punto de vista histórico.

Los misioneros seleccionados eran doce, diez religiosos y dos hermanos laicos, mientras que el padre Luis Antonio de Salamanca fue nombrado responsable del grupo. El 25 de septiembre de 1659, Felipe IV hizo aprobar la Misión, en el Consejo de las Indias, a pesar de que alguna intriga quisiera impedir la partida de los capuchinos.

Embarcados en Cádiz, el 25 de noviembre de 1659, los doce misioneros llegaron a Arda el 14 de junio de 1660, tras un difícil viaje. Acogidos muy bien por la población local, fueron llevados ante el rey enseguida por un intérprete mestizo portugués, Mateo Lopes, el futuro embajador del rey de Arda ante Luis XIV, soberano de Francia. Hacia fines de enero, los misioneros llegaron ante el rey, en la capital del reino, a unos cincuenta kilómetros de la costa. En una carta de 26 de mayo de 1660, el padre Luis Antonio de Salamanca hizo un informe detallado sobre la misión y lo envió a Propaganda Fide. Según este informe, el rey Toxonou no rechazó bautizarse y aceptó incluso ser catequizado, pero el problema era que difería continuamente la fecha del bautismo, exigiendo que antes se fueran las naves que había llevado a los misioneros, y las numerosas embarcaciones holandesas que estaban en el puerto del reino, cargadas de mercancías y de esclavos para América. Mientras tanto, los capuchinos volvieron a la costa, a la localidad de Jackim, donde el clima insalubre y la carestía les hicieron enfermar. Cinco de ellos murieron y un sexto tuvo que regresar a España a causa de un agravamiento de la enfermedad.

Tras la partida de las naves holandesas, los cursos de catecismo se reanudaron, pero el soberano no se decidía a recibir el bautismo. Los misioneros no se desalentaron, confiados en la futura instauración del cristianismo en Arda. Consideraban que el éxito de su apostolado dependía sólo de la conversión del rey. Su optimismo se manifestó en la petición a España de otros religiosos. Pero los acontecimientos que siguieron disminuyeron rápidamente su entusiasmo. Dándose cuenta de que la conversión al cristianismo le habría obligado a tener una sola mujer, el rey pidió un periodo de reflexión, permitiendo a los dignatarios del reino que mandaran a su hijos a la escuela abierta por los capuchinos, pero impidiéndoles hablar de religión y del Evangelio. El mismo Felipe Bans olvidó su bautismo y todas las promesas hechas en Madrid. Tras un año de vida difícil y sin ningún consuelo en el apostolado, no queriendo “perder tiempo con personas tan ingratas hacia Dios”, el padre Luis Antonio de Salamanca hizo una última visita al rey para preguntarle si tenía verdaderamente intención de convertirse. Tras reunirse en consejo, Toxonou respondió claramente que “enviando a su representante a España, no había querido cambiar de religión sino más bien iniciar relaciones diplomáticas con el rey y lograr el envío de algún sacerdote que supiera sedar los ánimos en el modo mejor, y no sólo curar almas. Los misioneros, por tanto, podían quedarse en el país, si querían, en estas condiciones, y bien pagados. Frente a una verdad tan cruda, los capuchinos se reunieron en consejo y expusieron la situación a Madrid y a Roma, pidiendo poder dejar el reino de Arda, obstinado en permanecer fiel al culto de sus antepasados, como el reino confinante di Ouidah.

Antes de dejar Arda, y para tener la conciencia tranquila de haber hecho todo lo posible por instaurar la fe católica en el país, los misioneros hicieron un último intento desesperado: un día, mientras los habitantes de Arda llevaban en procesión a “uno de sus ídolos”, uno de los capuchinos, con el crucifijo en la mano, se puso ante la procesión y empezó a predicar la doctrina católica. Pero inmediatamente los participantes en la ceremonia, indignados por tal gesto, le dieron una paliza.

En 1661, por tanto, tras recibir la autorización de Propaganda Fide, los capuchinos abandonaron el reino de Arda, para ir a otras regiones quizá más disponibles a recibir la fe católica. Los padres Carlos de Los Hinojosos y Anastasio de Salamanca, junto al superior Luis Antonio de Salamanca, se embarcaron en una nave con destino a América, pero durante la travesía el superior murió enseguida a causa de una enfermedad y fue sepultado en el mar. Los otros dos capuchinos volvieron a España, donde informaron al rey y luego al dicasterio de Propaganda Fide en Roma.

Otros tres supervivientes, Agustín de Villabáñez, José de Nájera y Cipriano de Madrid, permanecieron por algún tiempo en la región, predicando el Evangelio en Popo, situada al oeste de Ouidah y que hoy corresponde al territorio entre Aného y Togo y entre el actual Grand-Popo y Benín (ex Dahomey). Tras este breve periodo de apostolado, los tres misioneros se embarcaron en una nave holandesa con destino a América, a donde llegaron tras once terribles meses de travesía en el océano Atlántico. Así acabó una fase del importante intento de evangelización en el reino de Arda en el siglo XVII.