Una Carta Ecuménica para guiar el diálogo entre los cristianos europeos

Histórico documento aprobado el 22 de abril en Estrasburgo

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ESTRASBURGO, 23 abril 2001 (ZENIT.org).- Desde este domingo los cristianos de las diferentes confesiones del Viejo Continente, escenario de los grandes cismas, cuentan con un documento común que pretende promover el diálogo y la búsqueda de la unidad plena evitando equívocos.



La declaración, que lleva por título «Charta Oecumenica», pretende con sus doce puntos fundamentales promover la colaboración entre las Iglesias y confesiones cristianas de Europa (evitando hacerse competencia) en el anuncio del único Evangelio, así como dar un alma a la nueva Europa y promover las relaciones con el resto de los creyentes y no creyentes.

El documento fue firmado en la mañana del 22 de abril por el cardenal Miloslav Vlk, presidente del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas (CCEE) --en representación católica-- y por el metropolitano ortodoxo Jérémie, presidente de la Conferencia de las Iglesias Europeas (KEK, por sus siglas en alemán) que reúne a 123 Iglesias ortodoxas y comunidades de la Reforma. Fue el momento culmen del Encuentro ecuménico europeo celebrado en Estrasburgo (19-22 de abril), la cita más importante de estas características en el Viejo Continente que se celebra cada cuatro años en una ciudad distinta.

De hecho, la Carta Ecuménica, dividida en tres secciones fundamentales, es fruto de estos cuatro años de trabajo que han separado la asamblea de Estrasburgo de la anterior, celebrada en la localidad austríaca de Graz, en 1997.

La introducción deja claro que nos encontramos ante un «compromiso común al diálogo y a la colaboración. Describe tareas fundamentales ecuménicas y de ellas saca una serie de líneas guía y de compromisos». Ahora bien, «no tiene ningún carácter dogmático magisterial o jurídico-eclesial».

El camino ecuménico sigue adelante a pesar de los baches, pero como se lee en la introducción: «no podemos considerarnos satisfechos por la situación actual. Conscientes de nuestra culpa y dispuestos a la conversión, tenemos que comprometernos para superar las divisiones que existen todavía entre nosotros para anunciar juntos de manera creíble el Evangelio».

La primera sección constituye una profesión común de fe de los cristianos: «Creemos en "la Iglesia una, santa, católica y apostólica».

La segunda sección --«En camino hacia la unidad visible de las Iglesias en Europa»-- asume una serie de compromisos. Ante la falta de puntos de referencia y ante la constatación de la búsqueda de sentido propia de los europeos y europeas de hoy, la Carta invita a los cristianos a testimoniar su fe sin hacerse competencia entre las confesiones cristianas ni utilizar métodos de presión moral o «incentivos materiales».

«Al mismo tiempo --añade-- a nadie se le puede impedir una conversión que sea consecuencia de una decisión libre».

Como medio para el acercamiento, la Carta considera como algo fundamental «reelaborar juntos la historia de las Iglesias cristianas, que está caracterizada no sólo por muchas buenas experiencias, sino también por divisiones, enemistades e incluso por enfrentamientos bélicos».

A continuación se aboga por la colaboración concreta en defensa de los derechos de las minorías, tratando de eliminar equívocos y prejuicios entre Iglesias mayoritarias y minoritarias.

Propone la búsqueda de la unidad especialmente a través de la oración y de celebraciones conjuntas. En este sentido constata con tristeza la incapacidad de Iglesias de poder participar en la misma Eucaristía a causa de diferencias esenciales en este sentido.

De hecho, constata con realismo la Carta, «sin unidad de fe no existe plena comunión eclesial. No hay otra alternativa al diálogo».

La tercera parte --«Nuestra responsabilidad común en Europa»-- constata que el proceso actual de integración del Viejo Continente necesita un alma.

«Estamos convencidos de que la herencia espiritual del cristianismo representa una fuerza inspiradora enriquecedora para Europa –explica--. Sobre el fundamento de nuestra fe cristiana, nos comprometemos a construir una Europa humana y social, en la que se hagan valer los derechos humanos y los valores básicos de la paz, de la justicia, de la libertad, de la tolerancia, de la participación y de la solidaridad».

En este sentido, los líderes cristianos de todas las confesiones instan a respetar «el respeto de la vida, el valor del matrimonio y de la familia, la opción prioritaria por los pobres, la disponibilidad al perdón y en todo caso a la misericordia».

«En cuanto Iglesias y comunidades internacionales tenemos que contrastar el peligro de que Europa se desarrolle en un Occidente integrado y en un Este desintegrado», aseguran.

El documento afronta también las relaciones con el judaísmo y el islam. Condena todo tipo de antisemitismo y garantiza su estima y compromiso para colaborar sobre argumentos de interés común con los fieles de la medialuna.

Por último, afronta el encuentro con las demás religiones no monoteístas y las personas que tienen diferentes visiones del mundo. En este sentido se constata apertura y gran prudencia. «Es necesario en este sentido diferenciar entre las comunidades con las que se debe buscar el diálogo y el encuentro y aquellas ante las que, desde la óptica cristiana, es necesaria la cautela», advierte el documento.

«Jesucristo, Señor de la Iglesia "una", es nuestra mayor esperanza de reconciliación y paz --concluye la Carta--. En su nombre queremos continuar nuestro camino juntos en Europa. ¡Que Dios nos asista con su Santo Espíritu!».