Una equivocada «calidad de la vida» amenaza a la misma vida, según monseñor Sgreccia

El presidente de la Academia Pontificia para la Vida presenta la asamblea plenaria de esta institución

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 17 febrero 2005 (ZENIT.org).- Un concepto equivocado de «calidad de la vida», basada sobre todo en el bienestar económico, la búsqueda hedonista del placer, y el secularismo ético ha llevado a relativizar el carácter sagrado de la vida, constató este jueves el obispo Elio Sgreccia.



El presidente de la Academia Pontificia para la Vida afrontó el tema en una rueda de prensa dedicada a presentar la próxima asamblea general de esta institución vaticana que se celebrará del 21 al 23 de enero en Roma en torno al tema «Calidad de la vida y ética de la salud».

Las reflexiones, anunció Sgreccia, se centrarán en la encíclica «Evangelium vitae» (25 de marzo de 1995), en la que Juan Pablo II advertía ante «el eclipse del sentido de Dios y del hombre» que «conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo».

Desde esta concepción, afirmó citando al Papa, «el único fin que cuenta es la consecución del propio bienestar material. La llamada "calidad de vida" se interpreta principal o exclusivamente como eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida física, olvidando las dimensiones más profundas --relacionales, espirituales y religiosas-- de la existencia» (Cf. números 22-23).

Junto a las acepciones que analizan el concepto de calidad de la vida a través de «parámetros médico-sanitarios» o en el «sentido socio-económico» o «ecológico», ha «surgido progresivamente otro significado muy diferente, de carácter claramente reductivo, porque se refiere prioritariamente al bienestar físico de la persona, entendido en un sentido "selectivo"», explicó el prelado.

«En virtud del mismo, se afirma que allí donde no existe un nivel aceptable de calidad de vida, la vida misma pierde valor y no merece la pena ser vivida», aclaró.

Por consiguiente, «desde esta perspectiva, el término "calidad de vida" asume un carácter de oposición al de "sacralidad de la vida". En definitiva, se absolutiza la calidad y se relativiza la sacralidad. Es más, se atribuye al concepto de sacralidad un significado negativo».

Se ha dado un fenómeno semejante también con el término «salud», siguió constatando monseñor Sgreccia. «Desde que la Organización Mundial de la Salud definió la salud como "bienestar completo de naturaleza física, psíquica y social" este valor se ha convertido en utópico y mítico, induciendo a un concepto de bienestar hedonista y, en ocasiones, con significados incluso letales».

«Basta pensar en el hecho de que, con motivo de la salud de la mujer, se ha legalizado el aborto y para realizar los programas de la llamada "salud reproductiva", además del aborto, se proponen campañas de esterilización, de difusión de la anticoncepción de emergencia, etc.», recordó.

«¿Cómo ha tenido lugar esto?» se preguntó el obispo, ofreciendo su respuesta con tres elementos.

El primer factor, «de naturaleza filosófica» es el surgimiento de la «filosofía utilitarista y hedonista», que reduce el bien «a la búsqueda del placer y a la derrota del dolor».

El segundo factor, señaló, es «cultural»: «el secularismo ético y la indiferencia. Si no existe el más allá, si no existe la eternidad bienaventurada, ni tiene sentido el dolor, lo que cuenta es el bienestar terreno».

Por último, ha intervenido un factor «económico social», reconoció: «el fin de la política mundial» consiste en «la disponibilidad auténtica o presunta del bienestar económico social».

Según el obispo, la Academia para la Vida, instituida por Juan Pablo II en 1994, pretende analizar con su asamblea esta «conjunción perversa» de factores para «proponer una visión correctiva y un horizonte diferente de esperanza».

Esta propuesta, concluyó, es particularmente necesaria «ante los datos de malestar e infelicidad que se constatan con las llamadas "enfermedades del bienestar", ante el bajón antieconómico de la natalidad en occidente, y ante la miseria del tercer mundo».