Una oración de paz desde la ciudad fantasma de Quneitra

«¡Salam! ¡Salam! ¡Salam!», exclama Juan Pablo II

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QUNEITRA (Siria), 7 mayo 2001 (ZENIT.org).- Desde los escombros de la ciudad fantasma de Quneitra, símbolo de la sangrienta guerra de Oriente Medio, Juan Pablo II ha elevado, de rodillas, «una oración por la paz en Tierra Santa y en el mundo».



En la mañana de este lunes, el pontífice dejó Damasco para dirigirse por el camino que con toda probabilidad recorrió el mismo San Pablo a Quneitra, localidad situada bajo los altos del Golán sirios ocupados por Israel. Fue destruida por las tropas israelíes tras la guerra de los Seis Días y su sucesiva ocupación. Sus calles hoy día sólo son recorridas por los turistas y los Cascos Azules del contingente de las Naciones Unidas encargado de asegurar su desmilitarización.

En este escenario de antigüedad devastada, el Papa se dirigió a la Iglesia greco-ortodoxa de la ciudad, que también está prácticamente derruida. En el interior sólo pudo avanzar unos cuantos metros, a causa de la destrucción.

Tras recogerse en silencio, de rodillas sobre un reclinatorio de madera, exclamó: «Desde este lugar, tan desfigurado por la guerra, deseo elevar mi corazón y mi voz en una oración por la paz en Tierra Santa y en el mundo».

«La paz auténtica es un don de Dios --añadió--. Nuestra apertura a este don exige una conversión de los corazones y una conciencia obediente a su Ley»

Siria ha querido utilizar esta visita para reivindicar su versión del conflicto con Israel, país con el que se encuentra en teórico estado de guerra. De hecho, Siria e Israel suspendieron sus conversaciones de paz en enero de 1999, después de llegar a posturas irreconciliables precisamente al afrontar el tema de la devolución de los altos del Golán. La ocupación del Golán justifica ante los ojos de Siria su control ilegal del Líbano.

El pontífice, sin embargo, hizo un llamamiento a la conciencia de todos los pueblos ensangrentados por la guerra. Dirigiéndose a Dios, exclamó: «Te pedimos por todos los pueblos de Oriente Medio. Ayúdales a derribar los muros de la hostilidad y de la división y a edificar juntos un mundo de justicia y solidaridad».

En particular rezó por todos los líderes de la región y pidió al Señor que les inspire «para que actúen generosamente a favor del bien común, para que respeten la dignidad inalienable de toda persona humana y los derechos fundamentales».

La oración del pontífice concluyó exclamando «¡Salam! ¡Salam! ¡Salam!»; paz en árabe.

Una recién nacida palestina de cuatro meses de edad había muerto poco antes en un bombardeo del Ejército israelí contra la localidad de Jan Yunés, en el sur de la franja de Gaza. El ataque constituyó una respuesta a las agresiones contra las colonias israelíes en la misma región. Al conocer esta dramática noticia, así como la serie de enfrentamientos que han tenido lugar en los últimos días en la región, el pontífice, dejando los papeles, afirmó: «Al conocer las tristes noticias de conflictos e incluso de muerte que también hoy llegan de Gaza, mi oración se hace más intensa».

En declaraciones a la prensa, el portavoz de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls, aclaró que la preocupación del Papa «no debe confundirse con arbitrarios intentos de politizar una visita que sólo tiene el carácter de una peregrinación».

Tras elevar su oración de paz, Juan Pablo II plantó un árbol de olivo, que será colocado en el Jardín de la Amistad, levantado a pocos kilómetros de Quneitra.

Antes de abandonar la ciudad fantasma, que antes de ser destruida tenía unos cincuenta mil habitantes, Juan Pablo II quiso dar las gracias públicamente la Fuerza Internacional de la ONU, compuesta por soldados austríacos, presente en la localidad.

«Vuestra presencia es un signo de la determinación de la comunidad internacional para prestar ayuda y hacer más cercano el día en que se dé la armonía entre los pueblos, las culturas y las religiones de este área. ¡Que Dios omnipotente os proteja y sostenga en vuestra misión!», afirmó.

En los tres días que lleva Juan Pablo II en Siria no ha dejado de insistir, en casi todas sus intervenciones públicas, en la necesidad de paz y reconciliación entre los pueblos de Oriente Medio.

«En esta tierra santa, cristianos, musulmanes y judíos están llamados a trabajar juntos con confianza y audacia, para que llegue el día en que cada pueblo vea respetados sus legítimos derechos y pueda vivir en paz y entendimiento recíproco», dijo el domingo el pontífice ante unas 50.000 personas congregadas en el estadio de Damasco.