¡Ven Espíritu Santo!

Comentario al evangelio del Domingo de Pentecostés/C

Santiago de Chile, (Zenit.org) Jesús Álvarez SSP | 1101 hits

"Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con ustedes! Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también a ustedes. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo: a quienes absuelvan de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos" (Jn. 20,19-23).

Hoy es el cumpleaños de nuestra Madre la Iglesia, que nació el día de Pentecostés por obra del Espíritu Santo, que se sirvió de María para engendrarla a semejanza de cómo engendró a Jesús.

El Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, es quien hizo surgir todo lo creado y lo conserva sin cesar. También acompaña, da vida y fortaleza a la Iglesia, a fin de que sea transmisora de salvación para la humanidad.

¿Veo así a la Iglesia? ¿O sólo veo jerarquía, clero, obras, miserias y ritos? Equivocado.

El Espíritu Santo se hizo presente en el bautismo de Jesús en forma de paloma; y el día de Pentecostés se manifestó en forma de llamas de fuego y viento impetuoso.

Pero la Biblia y la Liturgia mencionan muchos otros signos bajo los cuales Espíritu Santo se manifiesta presente y actuante: vida, fuego, luz, calor, agua, don, consuelo, dulce huésped, descanso, brisa, gozo, aliento, fortaleza, consuelo, amor, libertad, paz, resurrección, salvación.

Es necesario invocar con insistencia y con fe al Espíritu Santo, pues “quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Rom 8, 9).

¿Tengo yo el Espíritu de Cristo? ¿En qué se me nota? Si no, ¡a desearlo y pedirlo!

Jesús dice a sus discípulos –-y hoy a nosotros: “Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes” (Jn. 20, 21). No es una consigna exclusiva para la jerarquía o el clero, sino que compete a todo cristiano, nombre que significa “portador de Cristo”, “testigo de Cristo”, “persona unida a Cristo” por obra del Espíritu Santo.

Como el miedo “encerró” a los discípulos de Jesús en el Cenáculo antes de Pentecostés, así sucede a los pastores y fieles que no creen que Cristo resucitado está presente en medio de ellos con su Espíritu, para dar paz, alegría, fortaleza y eficacia salvadora a sus vidas y obras. Esa falta de fe los reduce a la inutilidad e incluso al escándalo.

Ser testigos de Jesús no es solo repetir sus palabras y su doctrina, sino imitarlo en sus actitudes y obras, acogerlo en la vida, darlo a conocer; lo cual solo es posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, como lo afirma san Pablo: “Ni siquiera podemos decir: ‘Jesús es el Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor. 12, 3). Sin su ayuda “nada bueno hay en el hombre, nada saludable”.

¿Me ilusiono creyendo que puedo dar testimonio de Jesús sin el Espíritu Santo?

Sin embargo, a pesar de ser débiles, pecadores y deficientes en todo, Jesús nos llama, como a los apóstoles, a compartir su propia misión. Y nos da, como a ellos, los dones y carismas necesarios para realizarla.

Jesús nos envía el Espíritu Santo para que produzcamos mucho fruto, según su promesa infalible: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto” (Jn. 15, 5). A nosotros nos toca acogerlo para darlo, pues “sin mí no pueden hacer nada” (Jn. 15, 5), en orden a la salvación propia y ajena.

San Pablo nos asegura el premio: “El mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos, vivificará también sus cuerpos mortales por obra de su Espíritu que habita en ustedes” (Romanos 8,11). Ese es nuestro glorioso destino, por el que vale la pena jugarlo todo, sostenidos con la fuerza del Espíritu Santo.

¿Siento que estoy compartiendo la misión de Cristo, unido a Él? ¿O eso me trae sin cuidado? ¿No me sacude la palabra de Jesús: “Quien no está conmigo, está contra mí”; y quien no recoge conmigo, desparrama? (Mt. 12, 30). Es necesario asegurarnos la unión real con Él para compartir su misión con gozo y con frutos salvíficos.