«Vendrá a juzgar a todos», recuerda el predicador del Papa

Meditación sobre el Evangelio del domingo del padre Cantalamessa

| 432 hits

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 18 de noviembre de 2005 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa OFM Cap --predicador de la Casa Pontificia-- al Evangelio del próximo domingo, día de Cristo Rey (Mateo 25,31-46).




* * *



En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: \"Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme\"».


Hemos llegado al último domingo del año litúrgico, en el que celebramos la fiesta de Cristo Rey. El Evangelio nos hace asistir al último acto de la historia: el juicio universal. ¡Qué diferencia hay entre esta escena y la de Cristo ante los jueces en su Pasión! Entonces, todos estaban sentados y Él de pie, encadenado; ahora todos están de pie y Él está sentado en el trono. Los hombres y la historia juzgan a Cristo: en ese día, Cristo juzgará a los hombres y a la historia. Ante Él se decide quién permanece en pie y quién cae. Esta es la fe inmutable de la Iglesia que en su Credo proclama: «De nuevo vendrá con gloria para juzgar vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

El Evangelio de hoy nos dice también cómo tendrá lugar el juicio: «tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber...». ¿Qué pasará, por tanto, con quienes no sólo no han dado de comer a quien tenía hambre, sino que además les han quitado la comida; no sólo no han acogido al forastero, sino que han provocado el que se convierta en forastero? Esto no afecta sólo a unos cuantos criminales. Es posible que se instaure un ambiente general de impunidad, en el que se echan carreras para violar la ley, para corromper o dejarse corromper, con la justificación de que lo hacen todos. Pero, la ley nunca ha sido abolida. De repente, llega un día en el que uno comienza una investigación y sucede una hecatombe, como la que tuvo lugar en Italia con «Manos Limpias» [escándalos de corrupción de la administración pública italiana en los años noventa, ndt.] .

Pero, ¿no es ésta la situación en la que vivimos en cierto sentido todos, investigados e investigadores, frente a la ley de Dios? Se violan tranquilamente los mandamientos, uno tras otro, incluido el que dice «no matarás» (por no hablar del que dice «no cometerás adulterio»), con el pretexto de que de todos modos lo hacen todos, que la cultura, el progreso, e incluso la ley humana, ya lo permiten. Pero Dios no ha pensado nunca en abolir ni los mandamientos ni el Evangelio, y este sentido general de seguridad no es más que un engaño fatal.

Desde hace unos años, se ha restaurado el fresco del juicio universal de Miguel Ángel. Pero hay otro juicio universal que hay que restaurar: no está pintado en paredes de ladrillo, sino en el corazón de los cristianos. Ha quedado totalmente descolorido y está convirtiéndose en ruinas.

«El más allá, y con él el juicio, se ha convertido en una broma, en algo tan incierto que uno se divierte pensando que había una época en la que esta idea transformaba toda la existencia humana» (Sören Kierkegaard). Alguno podría tratar de consolarse, diciendo que, después de todo, el día del juicio está muy lejos, quizá faltan millones de años. Pero Jesús, desde el Evangelio, responde: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma» (Lucas 12, 20).

El tema del juicio se entrecruza, en la liturgia de hoy, con el de Jesús buen pastor. En el salmo responsorial se dice: « El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar» (Sal 22,1-2). El sentido está claro: ahora Cristo se nos revela como buen pastor; un día se verá obligado a ser nuestro juez. Ahora es el tiempo de la misericordia, entonces será el tiempo de la justicia. A nosotros nos toca escoger, mientras estamos a tiempo.

[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]