Viacrucis en el Coliseo: El Papa deja los papeles e improvisa su meditación

Un acontecimiento seguido por canales de televisión de todo el mundo

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CIUDAD DEL VATICANO, 13 abril 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II presidió el Víacrucis del Viernes Santo, como todos los años, en el imponente marco del Coliseo, un acontecimiento seguido por los canales de televisión de todo el mundo.



Al final, antes de dar su bendición a los miles de peregrinos presentes, que llevaban velas para iluminar la noche romana, Juan Pablo II sorprendió dejando a un lado los papeles y ofreciendo una meditación espontánea sobre el testimonio que deben dar los cristianos de la cruz de Cristo a inicios de milenio.

«Salve Cruz», comenzó diciendo en latín y añadió en italiano: «La Iglesia de Cristo confiesa esta realidad divina y humana. Lo ha confesado así durante dos mil años. Y hoy, por primera vez en este milenio, lo confesamos ante todo el mundo, aquí en Roma, con este Viacrucis, en torno al Coliseo romano».

«En el tercer milenio queremos confesar que por su cruz el Hijo de Dios, aceptando esta humillación destinada a esclavos, la llevó a la glorificación, a la adoración», añadió el Santo Padre.

«Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu cruz redimiste al mundo», añadió otra vez en latín y concluyó: «Que esta verdad, confesada hoy en la Basílica de San Pedro y en el Coliseo romano, sea la luz y fuerza en este tiempo que hemos inaugurado desde hace algunos meses. ¡Salve, Cruz del Coliseo romano! ¡Salve, en el umbral del tercer milenio! ¡Salve, a través de todos los años, de los siglos de este nuevo tiempo que se abre ante nosotros!».

Él camino de la cruz discurrió por el interior del Coliseo --el famoso anfiteatro Flavio, que recuerda los sufrimientos de los primeros cristianos--, continuó por delante del Arco de Trajano y concluyó en la colina del Palatino.

El cardenal vicario de la diócesis de Roma, Camillo Ruini, llevó la Cruz en las dos primeras estaciones. Después el símbolo de los cristianos fue portado por un matrimonio romano y sus tres hijos; por una mujer de Ruanda, otra de Tailandia, otra de la República Dominicana y, al final, por frailes franciscanos.

Guiaron la meditación del Papa y de estos millones de peregrinos (tanto los presentes en Roma como los televidentes) las meditaciones escritas por John Henry Newman (1801-1890), anglicano convertido al catolicismo y una de las figuras más importantes para la Iglesia católica de Inglaterra en el siglo XIX.

En meditación absorta, Juan Pablo II siguió el Viacrucis desde el monte Palatino el camino de la cruz de rodillas. Al final, en el último tramo, a partir de la decimotercera estación tomó la cruz.

Ofrecemos a continuación las palabras que el pontífice había preparado para esta ocasión y que sin embargo dejó a un lado para ofrecer una meditación improvisada frente al misterio de la Cruz.


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1. «Cristo se ha hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,8).

Acabamos de concluir el Víacrucis que, como cada año, nos reúne en la tarde del Viernes Santo en este lugar evocador de profundos recuerdos cristianos. Hemos recorrido las huellas del Inocente injustamente condenado, teniendo fija la mirada sobre su rostro adorable: rostro ofendido por la maldad humana, pero iluminado por el amor y del perdón.

¡Es verdaderamente sobrecogedor el acontecimiento dramático de Jesús de Nazaret! Para restablecer la plenitud de vida en el hombre, el Hijo de Dios se ha anonadado del modo más humillante. De la muerte, libremente elegida por Él, mana sin embargo la vida. Dice la Escritura: «oblatus est quia ipse voluit». El suyo es un extraordinario testimonio de amor, fruto de una obediencia sin igual, que va hasta la extrema donación de sí mismo.

2. «Obediente hasta la muerte y muerte de cruz».

¿Cómo apartar la mirada de Jesús, que muere en la Cruz? Su cara afligida suscita desconcierto. El profeta afirma: «no tenía apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni aspecto que pudiésemos estimar. Despreciado y repudiado por los hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro» (Isaías 53, 2-3).

En aquel rostro se condensan las sombras de todos los sufrimientos, las injusticias, las violencias padecidas por los seres humanos de cada época de la historia. Pero ahora, delante de la Cruz, nuestras penas de cada día, y hasta la muerte, aparecen revestidas de la majestad de Cristo abandonado y moribundo.

El rostro del Mesías, sangrante y crucificado, revela que Dios se ha dejado implicar, por amor, en los hechos que atormentan a la humanidad. El nuestro ya no es un dolor solitario, porque Él ha pagado por nosotros con su sangre derramada hasta la última gota. Ha entrando en nuestro sufrimiento y ha roto la barrera de nuestro llanto desesperado.

En su muerte adquiere sentido y valor la vida del hombre y hasta su misma muerte. Desde la Cruz, Cristo hace un llamamiento a la libertad personal de los hombres y las mujeres de todos los tiempos y llama cada uno a seguirlo en el camino del total abandono en las manos de Dios. Nos hace redescubrir hasta la misteriosa fecundidad del dolor.

3. «Resplandezca sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro» (Sal 4,7).
Mientras se concluye nuestra asamblea, seguimos meditando sobre el misterio de este Rostro que innumerables artistas, a lo largo de los siglos, han representado empeñando toda su maestría.

¡Ay, si los hombres se dejaran enternecer por sus rasgos inconfundibles! En aquel Rostro santo pueden encontrar adecuada respuesta los muchos interrogantes y dudas que agitan el corazón humano. De la contemplación del Rostro cariñoso del Hijo de Dios hecho hombre es posible sacar la fuerza para superar las horas de la oscuridad y el llanto. Desde el Calvario una paz divina inunda el universo en espera de la gloria de la Pascua.

Virgen María, que has quedado intrépida bajo la Cruz y has recogido en el regazo el cuerpo exánime de Jesús, ayúdanos a entender que nuestro sufrimiento es participación preciosa en la Pasión de tu divino Hijo, que por nuestro amor «se ha hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz». Conduce nuestros pasos por la senda de sus huellas indelebles, que nos conducirán al asombro y a la alegría de su resurrección.

N. B.: Traducción distribuida por la Sala de Prensa de la Santa Sede.