Violencia, «crimen contra la religión», según líderes de las religiones

Congreso organizado por la Comisión Europea y el patriarca de Constantinopla

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BRUSELAS, 21 diciembre 2001 (ZENIT.org).- Ochenta líderes cristianos, judíos y musulmanes de Europa lanzaron este jueves un enérgico llamamiento a no utilizar la fe para justificar el odio y la violencia, al concluir este jueves el congreso «La Paz de Dios en el mundo».



El encuentro de dos días de duración fue organizado por iniciativa del patriarca de Constantinopla Bartolomé I y de Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea.

Participaron dos cardenales de la Iglesia católica, obispos ortodoxos, varios rabinos y representantes del «World Jewish Congress», destacados muftis musulmanes, así como líderes de estados musulmanes moderados, como el príncipe El Hassan Bin Talal de Jordania.

El cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, leyó un mensaje de Juan Pablo II para pedir a los participantes reflexionar y asumir compromisos que favorezcan la «renovación general en el corazón de las personas y en las relaciones entre los pueblos».

«Sólo a través de el perdón recíproco y de nuestra voluntad de instaurar la justicia podremos hacer resplandecer la naturaleza sagrada del hombre y su dignidad», afirma en el mensaje el Papa.

En el congreso también se hicieron presentes con su mensaje Kofi Annan, secretario general de la ONU, y el presidente estadounidense George W. Bush, cuya misiva llevaba por título «La paz de Dios en el mundo ­ Hacia la coexistencia pacífica y la colaboración entre las religiones monoteístas».

El llamamiento final del congreso recuerda los atentados de Estados Unidos y la crisis en Tierra Santa.

«Hemos debatido --revela la declaración- en espíritu de buena voluntad y sinceridad la actual condición espiritual de la humanidad desde el punto de vista del judaísmo, del cristianismo y del Islam. Reconociendo que en la historia del género humano grandes comunidades religiosas han cometido crímenes contra la humanidad, declaramos sin embargo que las expresiones extremistas de fe no reflejan la enseñanza de estas religiones».

Han sido así recordadas las declaraciones de Berna (1992) y del Bósforo (1994) por las que «un crimen cometido en nombre de la religión es un crimen contra la religión».

«El verdadero papel de la religión es llevar al mundo la paz de Dios, para impedir que la fuerza de la fe sea usada para fines que nada tienen que ver con su papel», declaran los participantes en el congreso.

Y recuerdan que hay que afrontar «las causas de tensiones locales y regionales, en especial en los países en vías de desarrollo», aún recordando que las situaciones de injusticia no pueden justificar actos de destrucción de vidas humanas.

La declaración de Bruselas contiene también un rechazo unánime de las tesis según las cuales la religión conduce a un inevitable «choque de civilizaciones» y por, el contrario, subraya el «papel constructivo y educativo del diálogo entre las civilizaciones».

El documento anuncia por último un «Plan de Acción» que prevé entre otras cosas congresos de opinionistas para favorecer la comprensión entre las diversas comunidades religiosas, e iniciativas interconfesionales e interculturales.

La «Declaración común» fue presentada por el patriarca de Antioquía Ignacio IV, en presencia de Romano Prodi. La presentación fue seguida de un debate moderado por el cardenal Francis Arinze, presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Religioso.

Prodi intervino para asegurar que los valores de la Declaración están en el centro de la concepción civil y política de la Unión Europea y que las Iglesias y las religiones deben también participar en la reforma de las instituciones de la Unión hacia una Constitución europea.

Entre los asistentes al seminario se encontraban también el ministro de Exteriores belga, Louis Michel, las comisarias europeas Anna Diamantopolou (Asuntos Sociales) y Viviane Reding (Educación y Cultura), el reverendo Konrad Raiser, secretario general de Consejo Mundial de las Iglesias, el jeque Ahmed Kuftaro, gran muftí de Siria, y el rabino jefe de Francia Rene-Samuel Sirat.