Winston Curchill y el cristianismo

Un sociólogo católico aborda la figura del líder británico

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MADRID, sábado 7 enero 2012 (ZENIT.org).- El sociólogo católico J.C. García de Polavieja en su último libro Decisiones responsables, de la editorial Sekotia, sobre Winston Churchill, hace ficción histórica, aunque no tanto.

“En el libro late la misma inquietud de siempre: la defensa de la civilización cristiana. De lo que queda de ella. He tratado de explicar lo que pasó durante unos meses clave en la historia del siglo XX. Es fácil para el lector captar esa trama de fondo. Tampoco es exactamente una novela de ficción, porque varias situaciones han sido descritas a partir de confidencias transmitidas por sus protagonistas”, afirma Polavieja en una reciente entrevista.

Lo que sorprende es que haya elegido la figura de un personaje histórico como Winston Churchill. ¿Por qué? “Churchill es, en cierto modo, la última encarnación de la Inglaterra protagonista de la modernidad. Las naciones tienen su propia alma y Churchill representa el estado espiritual de su pueblo durante un tiempo. Él encarnó una clase dirigente comprometida con el sentido último de las revoluciones del siglo XVII, aunque lo hizo en el momento en que esa clase perdía gran parte del poder”, explica el autor.

Unas apariencias de las que sólo permanece “la carcasa simbólica, la pompa y circunstancia, dentro de la cual se lleva a término un programa de descristianización social. Pero es cierto que, para llevarlo a cabo, los figurones actuales se ven obligados a agitar de vez en cuando esa carcasa, como si tuviese significado: Recuerde al primer ministro rescatando hace unos días ‘las raíces cristianas del Reino Unido’ y la vigencia de la Biblia”, al poco tiempo de haber tratado de imponer legislaciones anticristianas a varios gobiernos de su comunidad de naciones.

“El gobierno conservador tiene que mostrar, para mantener un mínimo de credibilidad –añade--, su vinculación a un cristianismo difuso. Lo cual, dicho sea de paso, no les es difícil, dada la delicuescencia de la Iglesia oficial anglicana”. 

Atribuye la actual preocupación de algunos dirigentes británicos por la teología de la historia “a la conmoción escatológica, muy profunda, que provocó el movimiento de Oxford”. “El hoy beato Newman y sus compañeros, Froude, Keble, etc., al enfrentarse al liberalismo religioso se vieron obligados a estudiar muy a fondo las previsiones de la esperanza cristiana”, precisa.

“La propagación de sus concepciones entre la clase dirigente anglicana fue mucho más extensa y duradera de lo que se piensa. El interés con que trataron el tema impulsó una corriente necesariamente subterránea, pero fuertísima hasta el día de hoy. En más de un sentido es una corriente que se echa en falta en el mundo católico”.

Una corriente que se percibe también en “los esfuerzos de la escuela tomista de Barcelona, los Rovira, Orlandis, Canals” y en Hispanoamérica, “gracias a pensadores como Leonardo Castellani o Caturelli”.

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