«Yo estuve en el Concilio», testimonio de un obispo mexicano

Habla monseñor Arturo Szymanski Ramírez, arzobispo emérito de San Luis Potosí

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SAN LUIS POTOSÍ, domingo, 4 diciembre 2005 (ZENIT.org-El Observador).- El próximo 8 de diciembre se cumplen cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II. Con este motivo, Zenit-El Observador ha entrevistado a monseñor Arturo Szymanski Ramírez, de 83 años, arzobispo emérito de San Luis Potosí, quien participó en el Concilio como joven obispo mexicano.



A los 38 años, en 1960, monseñor Szymanski fue nombrado obispo coadjutor de San Andrés Tuxtla.

--¿Cuál es su recuerdo del cierre del Concilio?

--Arzobispo Arturo Szymanski Ramírez: Mi recuerdo es de una gran alegría que se notaba en todos los que estuvimos en su clausura, y para mí representó una gracia muy especial de Dios, gracia que nunca en mi vida me había esperado, pues era una de las personas que, en vivo y a todo color, participaba en el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, en el vigésimo primer concilio ecuménico en la vida de la Iglesia, el primer concilio que quiso ser fundamentalmente pastoral y el único de ese siglo, ya que el anterior (Vaticano I), se había realizado en el siglo XIX.

Creía que se había logrado lo que el hoy beato papa Juan XXIII se proponía al convocarlo: «Abrir las ventanas de la Iglesia para que entrara aire fresco», aunque con cierto temor, de parte de más de alguno, de que entraran otros airecillos.

También se lograba que la Iglesia comenzara a ser noticia lo que antes, por lo menos en México, no lo era. Creo que siguen siendo válidas las palabras del gran pontífice Pablo VI, del 7 de diciembre de 1965, en la sesión de clausura del Concilio: «La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión del hombre que se hace dios».

--¿Cuál piensa usted que fue la principal aportación del Concilio a la vida de la Iglesia?

--Arzobispo Arturo Szymanski Ramírez: Sin duda fueron los documentos de él emanados, que deberán ser conocidos al menos por toda la Iglesia y no sólo por los obispos, presbíteros, religiosos y religiosas. ¡Cuántos entre los miembros de la Iglesia quedarían reprobados al hacerse un examen sobre el conocimiento de los documentos conciliares (4 constituciones, 9 decretos y 3 declaraciones), todos tan importantes para el mundo, y sobre su profundización y aplicación!

Es mi convicción aún válida de que tener los documentos del Concilio, profundizarlos y aplicarlos, es una necesidad actual si queremos tener una Iglesia verdaderamente «aggiornata» (puesta al día), y esto más ahora. En el Concilio, aunque hubo puntos de vista encontrados en varias materias, todo se hizo en un plan que tendía a que hubiese mayor caridad entre los cristianos y en especial dentro de la Iglesia. ¿Se habrá logrado esto?

El papa Pablo VI, en la clausura del Concilio, dijo: «Esta es la esperanza que nos alienta en la conclusión de este Concilio Ecuménico Vaticano II y el principio de la renovación humana y religiosa que se ha propuesto estudiar y fomentar… y así esperamos que sea para la humanidad entera, a quien hemos aprendido a amar y servir mejor».

--¿Qué elementos del Concilio aun faltan por llevar a cabo en la Iglesia?

--Arzobispo Arturo Szymanski Ramírez: Esta pregunta juzgo deberíamos hacernos cada uno de los cristianos para ver los pros y los contras que se han vivido después de él. Se me ocurre sería una labor muy positiva si se promoviese esta cuestión a la generalidad de las personas y con ella se lograse que con los documentos del Concilio en la mano se dijese lo que falta por realizar o se ha realizado mal de la constitución «Sacrosanctum concilium» (sobre la Sagrada Liturgia), el decreto «Inter mirifica» (sobre los medios de comunicación), la constitución dogmática «Lumen gentium» (sobre la Iglesia), el decreto «Orientalium Ecclesiarum» (sobre las iglesias orientales católicas), el decreto «Unitatis redintegratio» (sobre el ecumenismo), el decreto «Christus Dominus» (sobre el ministerio pastoral de los obispos), el decreto «Perfectae caritatis» (sobre la vida religiosa), el decreto «Optatam totius» (sobre la formación sacerdotal), la declaración «Gravissimum educationis» (sobre la educación cristiana), la declaración Nostra aetate» (sobre las religiones no cristianas), la constitución dogmática «Dei Verbum» (sobre la Divina Revelación), el decreto «Apostolicam actuositatem» (sobre el apostolado de los seglares), la declaración «Dignitatis humanae» (sobre la libertad religiosa), el decreto «Ad gentes» (sobre la actividad misionera de la Iglesia), el decreto «Presbyterorum Ordinis» (sobre los presbíteros), y la constitución pastoral «Gaudium et spes» (sobre la Iglesia y el mundo moderno).

Puse en ese orden los documentos porque así fueron aprobados y estoy seguro de que viéndolos con espíritu crítico para captar lo hecho, bien o mal, y lo que falta por hacerse los cristianos tendrán una materia maravillosa para su fortalecimiento y vivencia de la fe.

Cuando uno se pregunta:¿Es válido hablar seriamente de un tiempo de antes y otro de después del Concilio, ignorando la vida de la Iglesia anterior a él?, esta pregunta tiene una respuesta negativa, según lo expresó el eminente teólogo que nada tenía de conservador Hurs von Balthasar, nombrado cardenal por Juan Pablo II, quien dijo: «Hemos de colocarnos en el centro de la Iglesia que no cambia ni cambiará nunca en lo esencial, porque ella es la tradición viva que se apoya en la fidelidad a la fe y en la adaptación pastoral».