Yo también estuve en Uclés: la prueba (II)

Columna de historia a cargo de José Andrés-Gallego*

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MADRID, viernes 23 diciembre 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores la habitual colaboración histórica de José Andrés-Gallego, en una labor de investigación que busca, sobre todo, “la otra memoria”, la del bien que hubo, y mucho, en el conflicto que sufrió España en el siglo XX.

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[Sigo con la lectura del relato del padre Bardón sobre lo sucedido con la comunidad agustina de Uclés (Cuenca, España) en la guerra civil española y, de la narración de los horrores, entresaco las acciones de quienes intentaron paliarlos o impedirlos].

Era ya el 24 de julio de 1936, víspera de la festividad del apóstol Santiago, titular del monasterio [de Uclés, Cuenca, España]. Aquellos días se había organizado un triduo de adoración continua para pedir por la paz. La comunidad entera, compuesta por cerca de 120 personas, estaba presente en la monumental iglesia. Profesos y novicios cantaban las vísperas. […] Sería, aproximadamente, la una y media de la tarde, cuando los jóvenes aspirantes, que estábamos en los claustros y patio interior, vimos entrar en el monasterio al alcalde del pueblo, don Pío Iniesta. […] ante la proximidad de columnas anarquistas que se dirigían a Madrid, procedentes de Valencia, y que algunos de ellos podrían desviarse hasta el monasterio, las vidas de los religiosos estaban expuestas a serios peligros. […] Comenzaba así, a las dos de la tarde, el desalojo de este monasterio, que había sido morada durante 34 años de los religiosos agustinos. […] Todos salimos por la puerta principal en dos filas y con dirección hacia la plaza del pueblo. Tanto a la derecha como a la izquierda se apiñaba la gente de la localidad, unos curioseando, otros sonriendo y otros con lágrimas en los ojos. Entre ellos estaban más de 30 personas, que diariamente acudían, al terminar la comida, a recoger la ración que generosamente la Orden compartía con los más necesitados. En Uclés abundaba el latifundio, y había muchas personas con verdadera necesidad y, paro continuo, si se exceptuaba la época estival.

Había personas que defendían nuestra inocencia, y sin titubeos, así lo demostraban con palabras de aliento. Un anciano con voz temblorosa nos decía “¡Ánimo, hijos míos, que el morir por Dios no es cobardía. Benditos seáis!” […] Muchas familias de la localidad fueron acogiendo a una o más personas, según sus propias posibilidades. Yo fui a parar a una casa de las más pudientes de Uclés, la de los señores Martínez Villalba. Su primogénito, Manolo, era poco más o menos de mi edad y estudiaba el bachillerato en Madrid. Él recogió a seis aspirantes de mi curso, cuyos nombres recuerdo perfectamente, y nos llevó a su vivienda. Saludamos a sus padres, que se mostraron muy acogedores, y a una hija, de nombre María del Carmen. En el domicilio había otras personas que estaban a su servicio. Tenían, en una habitación, capilla particular, en la que proseguimos nuestras devociones […].

Al día siguiente, festividad del Apóstol Santiago, oímos la misa en la pequeña iglesia del pueblo. Todavía la clausura de los templos no había llegado a este lugar. […] El 27, lunes, aunque no era de obligación, siguiendo con nuestra costumbre de asistir diariamente a la Eucaristía, escuché la última celebración. La siguiente tardaría dos años en llegar, y fue en la Pascua de 1938, no en tierras manchegas, sino en la montaña de León.

Eliseo Ildefonso Bardón, OSA

*José Andrés-Gallego es doctor en Filosofía y Letras (Historia), fue catedrático de Historia contemporánea en las universidades de Oviedo, Educación a Distancia y Cádiz, rector de la Universidad Católica de Ávila. Es investigador científico, profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España y presidente del Patronato Europeo de Historia.

Para comunicar con el coordinador de la columna: blog: joseandresgallego.wordpress.com,

www.joseandresgallego.com.